La isla de Sevilla
Dicen que hace muchos, muchísimos años, Sevilla despertó una mañana rodeada completamente de agua cristalina. Nadie recuerda exactamente cuándo ocurrió el milagro - o la maldición -, unos decían que fue cosa del rio, que se puso juguetón y decidió abrazarla entera. Otros murmuraban que la ciudad tenía tanto arte, que el mar quiso acercarse solo para escucharla cantar. pero los más viejos del barrio de Triana cuentan que una noche el rio creció tanto que se llevó las calles... y al amanecer, Sevilla estaba sola, rodeada de un anillo de agua tan inmenso que ni los pescadores más valientes se atrevían a cruzarlo.
Lo cierto es que, desde entonces, Sevilla se convirtió en una isla mágica. Una isla suspendida entre el rio y el mar, flotando como un espejismo dorado sobre las aguas del Guadalquivir.
Al principio, el pueblo pensó que era una simple riada. Pero pasaron los días, los meses, los años...y el agua nunca bajó. Los puentes desaparecieron bajo el oleaje, y la ciudad quedó convertida en una isla de torres y azahares, con la Giralda como faro y la Catedral como su corazón de piedra.
Al comienzo de este fenómeno, la gente entró en pánico. Los comercios no podían abrir, estaban anegados. Los barcos del puerto se quedaron varados entre corrientes extrañas, y las cigüeñas que solían anidar en las torres de las iglesias comenzaron a volar en círculos, confundidas. Pero Sevilla, orgullosa como siempre, se negó a hundirse.
Los sevillanos aprendieron a pescar en las nuevas orillas, a sembrar en terrazas colgantes y a navegar en pequeñas barcas entre los barrios convertidos en canales. Triana era una isla hermana, se hizo un gran puente levadizo para que pasaran los grandes barcos. Se volvió una Venecia andaluza, con patios inundados donde los geranios flotaban como barquitos rojos. El Alamillo, (con su cabeza de caballo) podía verse desde kilómetros como un faro moderno para los navegantes. La prima Cartuja era zona de puertos deportivos. En el muelle de la sal, había chiringuitos que servían pescaítos y helados. La Alameda desapareció. El agua lamía los pies de las estatuas, y los niños jugaban a lanzar monedas a las corrientes como si el rio concediera deseos.
Nadie podía salir, pero tampoco nadie quería irse. Porque, extrañamente, Sevilla seguía viva. Sus campanas sonaban sobre las aguas, sus guitarras seguían llorando en las noches de luna, y el azahar seguía perfumando los vientos del sur.
Sin embargo, el agua no era normal. Tenía un color verde profundo y un brillo dorado al atardecer, como si guardara secretos antiguos. Algunos decían que bajo su superficie dormían los espíritus de los navegantes que partieron hacia las Indias. Otros, que el Guadalquivir se había cansado de servir de camino y había decidido reclamar su reino.
En esa isla vivía Adara, una niña de ojos brillantes y pelo rizado que adoraba escuchar las campanas de la Giralda. Cada mañana. antes de ir al colegio flotante -una barquita grande donde estudiaban todos los niños -, Adara saludaba al agua:
- Buenos días, mar de Sevilla - decía con una sonrisa.
Y el agua respondía con un murmullo suave, como si también sonriera.
La vida allí era especial. en vez de autobuses, había barcas de colores que llevaban a los vecinos de un lado a otro. Los pescadores traían peces plateados que parecían brillar al sol, y a veces, cuando el viento soplaba fuerte, el olor a azahar se mezclaba con el salitre, convirtiendo el aire en perfume.
Pero un día Adara escuchó un rumor:
- El agua está subiendo - susurraban los mayores-. Si sigue así, la isla podría desaparecer bajo el mar...
Adara sintió un pinchazo de preocupación en el corazón. ¿Y si la Giralda quedaba bajo el agua? ¿Y la Feria? ¿Y los naranjos?
Decidió hacer algo.
Aquella noche, cuando la luna llena iluminaba las olas como un faro de plata, Adara fue al borde de la isla. Se arrodilló y habló con el mar:
- Querido mar, gracias por cuidarnos y por hacer nuestra ciudad tan hermosa - dijo con voz dulce -. Pero por favor, no te la lleves. Sevilla te quiere, pero también necesita bailar sobre tierra firme.
El mar guardó silencio unos segundos... y luego lanzó una ola pequeñita, suave, que mojaba apenas las puntas de los zapatos de Adara. La sintió como una caricia.
A la mañana siguiente, la noticia se extendió:
- ¡El agua ha bajado! ¡La isla está segura!
Los sevillanos celebraron con guitarras, palmas y farolillos que reflejaban su luz sobre el agua como estrellas danzarinas.
Desde entonces, cuentan que cada vez que alguien se acerca a la orilla con el corazón lleno de cariño y canta una sevillana al mar, éste escucha, se calma y se queda quieto, como un amigo fiel.
Y Adara aprendió algo importante:
A veces, las ciudades también necesitan que alguien les hable con amor.
Y así, la isla de Sevilla siguió siendo un lugar donde la tierra y el agua vivían abrazadas, donde las olas tenían compás y donde cada primavera, el mar olía a azahar.
Porque hay lugares que son tan mágicos que ni el mar puede resistirse a quererlos...pero también a respetarlos.
Desde aquel día en que el mar escuchó a Adara, la isla de Sevilla vivía tranquila, mecida por olas suaves y amaneceres brillantes. Pero Adara, curiosa como un gorrión y valiente como una barquita en tormenta, sentía que aún había misterios escondidos entre las aguas.
Una tarde, mientras paseaba por el barrio de Triana, vio algo extraño en el río: burbujas grandes, como si alguien debajo estuviera riendo.
- Eso no lo hace un pez normal...- murmuró Adara, frunciendo el ceño.
Siguiendo las burbujas, llegó a un rincón oculto del embarcadero. Allí, flotaba una tablilla de madera con un símbolo grabado: un pez con una flor de azahar en la boca. Adara tocó el símbolo y de pronto, el agua frente a ella empezó a brillar con luz verde y dorada.
Sin pensarlo dos veces, Adara se subió a una barquita, empezó a remar y siguió el resplandor y cerró los ojos. El agua la envolvió en una especie de túnel cristalino y cuando abrió los ojos...¡estaba bajo el mar!
Todo era mágico: algas que brillaban como luces de feria, peces que llevaban lunares en las aletas y caballitos de mar que zapateaban como si bailaran sevillanas.
Pero lo más asombroso fue lo que vio al fondo: Un pequeño reino acuático, con casitas de conchas, farolillos flotantes y criaturas sonrientes. En el centro, una torre hecha de coral verde recordaba a la Giralda, pero ésta tenía un caracol en lugar de campanas.
Un pez plateado con chorreras como el de un guitarrista flamenco, se le acercó.
- Bienvenida, Adara - dijo con voz burbujeante y simpática -. Somos los Guardacompases, protectores del agua de Sevilla. Nosotros cuidamos la isla...y tú nos salvaste la otra vez hablando con el mar.
Adara abrió los ojos como platos.
- ¿De verdad? ¡Yo solo pedí con cariño!
- Y eso pequeña es lo más poderoso que existe - respondió el pez levantando una aleta -. El amor mantiene en equilibrio nuestra isla.
El pez le mostró un jardín submarino lleno de flores de azahar que flotaban sin marchitarse.
- Estas flores guardan la armonía - dijo -. Pero necesitan que alguien de la tierra venga de vez en cuando a recordarles las risas, las canciones y las fiestas de arriba. Si se olvidan de la alegría...el agua podría ponerse triste otra vez.
Adara puso su mano en su corazón.
- Prometo venir y traer historias, canciones y sonrisas.
El pez asintió con solemnidad... aunque una burbujita escapó de su boca y sonó como una carcajada.
Adara volvió a cerrar los ojos y cuando los abrió estaba de nuevo en la superficie, ya anochecía, las luces de Triana brillaban doradas y la Giralda, a lo lejos, parecía guiñarle un ojo.
Desde aquel día, Adara llevó siempre un frasquito con agua del mar y una flor de azahar en el bolsillo. A veces bajaba al reino secreto, y otras simplemente cantaba desde la orilla, sabiendo que sus amigos bajo el agua la escuchaban.
Y así, la isla de Sevilla siguió siendo un lugar único: donde el mar y la ciudad se cuidaban mutuamente, donde las olas tenían compás, y donde una niña aprendió que hasta lo invisible necesita cariño.
Porque en Sevilla - sobre tierra o bajo el agua - la magia siempre encuentra quien la escuche.
La primavera llegó a la isla de Sevilla con su perfume de azahar y sus calles llenas de farolillos. Era la semana más esperada: la feria.
Adara estaba emocionadísima. Tenía su traje lleno de volantes verdes, peinetas pequeñas como estrellas y flores en el pelo que olían a mañana dulce. Esa tarde, iba hacia el real cuando algo la llamó desde el río: chap, chap, chap, como palmas hechas por gotas.
Se acercó a la orilla y vio una flor de azahar flotando, moviéndose como si bailara. Adara sonrió.
- Mis amigos - susurró.
Se inclinó y tocó el agua, y enseguida sintió el mismo brillo mágico que una vez la llevó a Triana. En un parpadeo, apareció otra vez el túnel cristalino que bajaba al reino escondido.
- ¡Vamos allá! - dijo Adara, agarrando bien su volante para que no se enredara.
Cuando llegó al fondo...¡no podía creerlo!
Todo el reino submarino estaba decorado como la Feria de Sevilla, pero en versión marina.
Farolillos que eran medusas sonrientes.
Banderines hechos con algas brillantes.
Caracoles tocando guitarras diminutas.
Peces con lunares nadando en círculos como si zapatearan.
Y en el centro, una gran caseta de coral que decía:
¨Caseta del compás marino¨
Un pez con bigotes la recibió elegantemente.
- ¡Adara! - Sabíamos que hoy habría alegría en la superficie, y queríamos celebrarla contigo. Pero nos faltaba algo...o alguien.
- ¡Pues ya estoy aquí! -
Comenzó la música, suave como una ola y alegre como unas palmas. Adara enseñó a los peces unos pasos por sevillanas, aunque algunos daba la vuelta demasiado rápido y acababan haciendo burbujas con las risas.
De pronto, escucharon un BOOOM lejano. Adara se asustó...pero el pez sonrió, llegándole el bigote casi a las orejas.
- No temas. Son los fuegos artificiales de arriba.
Pero entonces el mar se iluminó con colores: rojos, dorados y azules, que bajaban como lluvia de luz entre las aguas. Los peces miraban maravillados, y el reino submarino se llenó de reflejos que parecían luceros bailando.
- La Feria no solo se vive - dijo el pez -. También se comparte.
Adara sintió un calorcito en el pecho. Estaba en dos ferias a la vez: una sobre la tierra y otra bajo el agua. Y en ambas, el compás era el mismo: corazones contentos.
Cuando fue la hora de volver, Adara prometió que regresaría a enseñarles una sevillana nueva cada año.
Y esa noche, mientras subía a la barca y las luces del real brillaban como luciérnagas en fiesta, Adara comprendió algo:
La magia más bonita es la que une mundos distintos sin que ninguno pierda lo que lo hace especial.
Y así, la isla de Sevilla celebró su Feria en dos planos: bajo las estrellas y bajo el agua, con palmas y burbujas, con guitarras y caracoles, y con una niña que sabía que la alegría puede viajar tan lejos como uno quiera.
Una mañana muy temprano, cuando el cielo tenía el color de la leche con canela y las campanas de la Giralda despertaban despacito, Adara sintió algo distinto en el aire.
Desde su ventana, vio una niebla espesa cubriendo el mar, tan densa que parecía algodón dulce gigante flotando sobre el agua. El mar estaba silencioso, demasiado silencioso. Ni un pájaro, ni una barquita, ni siquiera el chapoteo habitual de los peces mágicos.
Entonces lo escuchó.
Un campanazo profundo, metálico, como salido de otro tiempo.
-¿Qué ha sido eso?- susurró Adara.
Corrió hacia la orilla y allí lo vio asomando desde la niebla: un barco antiguo, de madera oscura y velas blancas, con faroles encendidos que parecían luciérnagas atrapadas. En la proa había tallado un símbolo que Adara reconoció: un pez sosteniendo una flor de azahar.
- Es una señal del reino marino - pensó, con el corazón latiendo rápido.
El barco se acercó lentamente y una cuerda se lanzó hacia el embarcadero. De pronto, una voz grave y amable habló desde la cubierta.
-¿Hay una niña llamada Adara?
Ella se quedó congelada. ¿Quién podía conocerla?
Apareció en la cubierta una figura inesperada: un anciano marinero, con barba blanca y ojos verdes. Su chaqueta tenía botones con forma de caracol y llevaba un bastón con un pequeño farolillo de cristal.
- Soy el Guardián de las Mareas - dijo -. El reino de abajo me envía. Adara, tú has protegido la magia de la isla, pero hoy...necesitamos tu ayuda.
Adara tragó saliva.
- ¿Qué está pasando?
El marinero señaló el agua. La niebla comenzó a moverse como si respirara, y una sombra se deslizó por debajo.
- Una antigua corriente marina ha despertado - explicó -. Quiere llevarse la isla para esconderla en el océano, donde nadie pueda encontrarla jamás.
Adara abrió los ojos como faroles.
-¡No! Sevilla tiene que estar aquí. Con su gente, su música, sus flores.
El Guardián sonrió.
- Por eso te necesitamos. Eres puente entre tierra y agua. Tienes el compás del corazón y la voz que calma las mareas.
Adara subió al barco. Su voz temblaba un poco, pero su mirada estaba firme como la Torre del Oro.
El barco se alejó un poco. Bajo el agua, luces verdes se agitaban como si el mundo marino respirara nervioso.
- Adara - dijo el anciano -. Cuando la corriente se levante, canta. Canta como si estuvieras en casa.
Adara cerró los ojos. La corriente empezó a subir como una ola enorme hacha de niebla y brillo. Entonces, Adara respiró hondo y empezó a cantar.
Cantó una sevillana suave, de esas que se cantan bajito cuando la tarde cae y el aire huele a azahar.
La luz verde se calmó. La corriente se hizo transparente. Y la niebla...comenzó a deshacerse como si la brisa la acariciara.
El mar volvió a brillar.
El Guardián tocó su gorra y dijo:
- Sevilla seguirá siendo isla mientras tenga voces que la quieran. Y tú, Adara, eres una farera del alma.
Cuando Adara bajó del barco, éste se desvaneció en la luz de la mañana, dejando solo una flor de azahar flotando junto al embarcadero.
La niña la guardó en su bolsillo sonriendo.
Porque ahora sabía que no solo el mar escuchaba cuando ella hablaba con cariño...el mundo entero lo hacía.
Desde su aventura con el Guardián de la Mareas, Adara no había dejado de pensar en todo lo que vivía entre la tierra y el agua.. Guardaba la flor de azahar seca en un cuaderno, como un tesoro que nadie debía encontrar.
Pero un secreto tan grande a veces pesa...incluso cuando está lleno de magia.
Una tarde, en el recreo del colegio, Adara tarareaba la sevillana que calmó a la corriente. La cantaba bajito, como quien susurra a una estrella, Leo, su mejor amigo, se acercó curioso.
-Adara, ¿de dónde sale esa canción tan bonita? - preguntó.
Ella sonrió, pero los ojos se le escaparon hacia el mar.
- Es... difícil de explicar.
Leo entrecerró los ojos. Él era de esos niños que ven lo invisible sin que nadie les enseñe.
- Yo sé que tú sabes cosas - dijo muy serio -. A veces te vi mirando el agua como si te hablara.
Leo, si te lo cuento, tienes que prometer que no dirás nada a nadie. Ni siquiera a los peces del barrio - dijo bajito. intentando hacer humor para esconder su nerviosismo.
Leo levantó la mano como si jurara a un juez de chocolate.
- Palabra de amigo.
Adara respiró hondo. Y empezó a contar. El Reino de Triana, el pez guitarrista, las medusas, los farolillos, la Feria submarina, el barco de la niebla...todo. Leo escuchaba con los ojos tan abiertos que parecían dos faroles al atardecer.
Cuando Adara terminó, él no se rio, Ni dudó.
Solo dijo: yo quiero ayudar a cuidar la isla también.
Algo salpicó a sus pies. Una burbuja grande salió del mar y, al explotar, dejó en la orilla una pequeña concha blanca.
Adara la recogió. En el interior estaba grabado, finísimo como seda mojada:
¨La magia crece cuando se comparte con verdad¨
Adara y Leo se miraron, y en ese instante, supieron que el reino submarino los había escuchado.
- Entonces - dijo Adara sonriendo -, desde hoy somos dos faros para la isla.
Leo asintió, con la concha en las manos brillando como una promesa.
Ese día, sin ruido y sin trompetas, la magia de la isla de Sevilla se hizo un poquito más grande. Porque los secretos que nacen del corazón no se rompen al compartirse...se multiplican.
Y ahora la isla tenía dos guardianes pequeños y valientes.
La Giralda parecía guiñarles desde lejos.
El mar, suave como un abrazo, murmuró una melodía.
Y bajo el agua, quizás, algún pez dijo orgulloso:
- Así empieza una gran historia.
Desde que Leo sabía la verdad, Adara se sentía más ligera, como si una brisa nueva le soplara el corazón. Ahora compartían secretos, canciones bajitas junto al mar y miradas cómplices cada vez que una ola brillaba más de lo normal.
Una tarde, después del colegio, se reunieron en el embarcadero donde comenzó todo. El sol pintaba Triana de oro viejo y el agua parecía un espejo ondeado.
- Hoy siento algo distinto - dijo Adara, tocándose un bolsillo donde guardaba la flor seca.
- Yo también - contestó Leo -. El mar está...esperando.
Justo entonces, una caracola flotó hasta sus pies. No era una caracola cualquiera: era dorada, con dibujitos diminutos que parecían olas y torres. Adara la tomó, y al hacerlo, la caracola vibró suave, como si contuviera un suspiro del agua.
De repente, se abrió sola, como una almeja mostrándose, y de dentro salió un pergamino enrollado, muy antiguo, casi transparente.
Adara lo desenrolló despacito.
Leo contuvo la respiración.
Era un mapa.
Pero no un mapa normal.
Era Sevilla antes de ser isla.
Calles que ahora estaban bajo el agua, plazas desaparecidas, una muralla que parecía flotar entre ola y cielo, y un nombre escrito en letras curvas:
Híspalis marina.
- Híspalis... - susurró Leo -. Como la antigua Sevilla romana.
Pero había algo más.
En un rincón del mapa, una pequeña pintura mostraba dos torres. la Giralda...y la torre de coral del reino submarino, unidas por un hilo de luz.
Debajo, un mensaje brillaba con tinta plateada:
La isla fue tierra.
La isla fue agua.
Y pronto, ambas pedirán volver a encontrarse.
Adara sintió un escalofrío y emoción al mismo tiempo, como cuando empieza una sevillana y todavía no sabes si la vas a bailar bien o te va a temblar todo.
-¿Crees que esto significa...que la isla podría dejar de ser isla? - preguntó Leo.
En lugar de responder, el mar habló por ellos: una ola subió, suave pero firme, y tocó el borde del mapa. El pergamino brilló y se dibujó un nuevo trazo: una línea que avanzaba hacia el futuro, sin nombre aún, como una invitación.
Adara apretó la mano de Leo.
- Esto no es una advertencia - dijo, sintiendo el corazón decidido -. Es una misión.
Leo sonrió, nervioso y emocionado.
- Tendremos que aprenderlo todo. Del agua y de la tierra.
Adara guardó el mapa en su mochila, con mucho cuidado.
- Y cuando llegue el momento estaremos listos.
El mar hizo una pequeña ola como un aplauso.
La luz del atardecer convirtió las aguas en cobre y miel.
Y, en las profundidades, una campanita de coral sonó, suave, anunciando que el destino de la isla de Sevilla acababa de cambiar.
Dos niños, dos mundos y un mapa misterioso.
Sevilla había cambiado: las luces del metro cruzaban bajo el antiguo cauce del río, los turistas llenaban la Plaza de España con cámaras que brillaban como luciérnagas, y el canto de las guitarras se mezclaba con el murmullo eléctrico de los teléfonos.
Pero bajo la piel moderna de la ciudad, el agua seguía soñando. el desaparecido Guadalquivir aún latía silencioso, como un anciano que observa sin hablar, esperando el momento de ser escuchado otra vez. Y fue en ese momento donde se escucharon las distorsiones.
Una tarde, los barqueros de Triana vieron un reflejo imposible: en el agua no se veía la ciudad real, sino otra Sevilla, más antigua, dorada y cubierta de niebla.
Una Giralda de piedra viva, un Alcázar rodeado de nenúfares, y torres que no existen en el mundo de los hombres.
Los reflejos duraban solo segundos, pero pronto se hicieron cotidianos.
Los científicos hablaron de "anomalías ópticas atmosféricas".
Los ancianos, sin embargo, lo llamaron por su verdadero nombre.
El Despertar del Reino de Entre Dos Aguas.
Continuará
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