domingo, 18 de enero de 2026

                                               La isla de Sevilla


     Dicen que hace muchos, muchísimos años, Sevilla despertó una mañana rodeada completamente de agua  cristalina. Nadie recuerda exactamente cuándo ocurrió el milagro - o la maldición -, unos decían que fue cosa del rio, que se puso juguetón y decidió abrazarla entera. Otros murmuraban que la ciudad tenía tanto arte, que el mar quiso acercarse solo para escucharla cantar. pero los más viejos del barrio de Triana cuentan que una noche el rio creció tanto que se llevó las calles... y al amanecer, Sevilla estaba sola, rodeada de un anillo de agua tan inmenso que ni los pescadores más valientes se atrevían a cruzarlo.

     Lo cierto es que, desde entonces, Sevilla se convirtió en una isla mágica. Una isla suspendida entre el rio y el mar, flotando como un espejismo dorado sobre las aguas del Guadalquivir.

     Al principio, el pueblo pensó que era una simple riada. Pero pasaron los días, los meses, los años...y el agua nunca bajó. Los puentes desaparecieron bajo el oleaje, y la ciudad quedó convertida en una isla de torres y azahares, con la Giralda como faro y la Catedral como su corazón de piedra.

     Al comienzo de este fenómeno, la gente entró en pánico. Los comercios no podían abrir, estaban anegados. Los barcos del puerto se quedaron varados entre corrientes extrañas, y las cigüeñas que solían anidar en las torres de las iglesias comenzaron a volar en círculos, confundidas. Pero Sevilla, orgullosa como siempre, se negó a hundirse.

     Los sevillanos aprendieron a pescar en las nuevas orillas, a sembrar en terrazas colgantes y a navegar en pequeñas barcas entre los barrios convertidos en canales. Triana era una isla hermana, se hizo un gran puente levadizo para que pasaran los grandes barcos. Se volvió una Venecia andaluza, con patios inundados donde los geranios flotaban como barquitos rojos. El Alamillo, (con su cabeza de caballo) podía verse desde kilómetros como un faro moderno para los navegantes. La prima Cartuja era zona de puertos deportivos. En el muelle de la sal, había chiringuitos que servían pescaítos y helados. La Alameda desapareció. El agua lamía los pies de las estatuas, y los niños jugaban a lanzar monedas a las corrientes como si el rio concediera deseos.

     Nadie podía salir, pero tampoco nadie quería irse. Porque, extrañamente, Sevilla seguía viva. Sus campanas sonaban sobre las aguas, sus guitarras seguían llorando en las noches de luna, y el azahar seguía perfumando los vientos del sur. 

     Sin embargo, el agua no era normal. Tenía un color verde profundo y un brillo dorado al atardecer, como si guardara secretos antiguos. Algunos decían que bajo su superficie dormían los espíritus de los navegantes que partieron hacia las Indias. Otros, que el Guadalquivir se había cansado de servir de camino y había decidido reclamar su reino. 

    En esa isla vivía Adara, una niña de ojos brillantes y pelo rizado que adoraba escuchar las campanas de la Giralda. Cada mañana. antes de ir al colegio flotante -una barquita grande donde estudiaban todos los niños -, Adara saludaba al agua: 

     - Buenos días, mar de Sevilla - decía con una sonrisa.

     Y el agua respondía con un murmullo suave, como si también sonriera.

     La vida allí era especial. en vez de autobuses, había barcas de colores que llevaban a los vecinos de un lado a otro. Los pescadores traían peces plateados que parecían brillar al sol, y a veces, cuando el viento soplaba fuerte, el olor a azahar se mezclaba con el salitre, convirtiendo el aire en perfume.

     Pero un día Adara escuchó un rumor:

     - El agua está subiendo - susurraban los mayores-. Si sigue así, la isla podría desaparecer bajo el mar...

     Adara sintió un pinchazo de preocupación en el corazón. ¿Y si la Giralda quedaba bajo el agua? ¿Y la Feria? ¿Y los naranjos?

     Decidió hacer algo.

     Aquella noche, cuando la luna llena iluminaba las olas como un faro de plata, Adara fue al borde de la isla. Se arrodilló y habló con el mar:

     - Querido mar, gracias por cuidarnos y por hacer nuestra ciudad tan hermosa - dijo con voz dulce -. Pero por favor, no te la lleves. Sevilla te quiere, pero también necesita bailar sobre tierra firme.

     El mar guardó silencio unos segundos... y luego lanzó una ola pequeñita, suave, que mojaba apenas las puntas de los zapatos de Adara. La sintió como una caricia.

     A la mañana siguiente, la noticia se extendió:

     - ¡El agua ha bajado! ¡La isla está segura!

     Los sevillanos celebraron con guitarras, palmas y farolillos que reflejaban su luz sobre el agua como estrellas danzarinas.

     Desde entonces, cuentan que cada vez que alguien se acerca a la orilla con el corazón lleno de cariño y canta una sevillana al mar, éste escucha, se calma y se queda quieto, como un amigo fiel.

     Y Adara aprendió algo importante:

     A veces, las ciudades también necesitan que alguien les hable con amor.

     Y así, la isla de Sevilla siguió siendo un lugar donde la tierra y el agua vivían abrazadas, donde las olas tenían compás y donde cada primavera, el mar olía a azahar.

     Porque hay lugares que son tan mágicos que ni el mar puede resistirse a quererlos...pero también a respetarlos.

      Desde aquel día en que el mar escuchó a Adara, la isla de Sevilla vivía tranquila, mecida por olas suaves y amaneceres brillantes. Pero Adara, curiosa como un gorrión y valiente como una barquita en tormenta, sentía que aún había misterios escondidos entre las aguas.

     Una tarde, mientras paseaba por el barrio de Triana, vio algo extraño en el río: burbujas grandes, como si alguien debajo estuviera riendo.

     - Eso no lo hace un pez normal...- murmuró Adara, frunciendo el ceño.

     Siguiendo las burbujas, llegó a un rincón oculto del embarcadero. Allí, flotaba una tablilla de madera con un símbolo grabado: un pez con una flor de azahar en la boca. Adara tocó el símbolo y de pronto, el agua frente a ella empezó a brillar con luz verde y dorada.

     Sin pensarlo dos veces, Adara se subió a una barquita, empezó a remar y siguió el resplandor y cerró los ojos. El agua la envolvió en una especie de túnel cristalino y cuando abrió los ojos...¡estaba bajo el mar!

     Todo era mágico: algas que brillaban como luces de feria, peces que llevaban lunares en las aletas y caballitos de mar que zapateaban como si bailaran sevillanas.

     Pero lo más asombroso fue lo que vio al fondo: Un pequeño reino acuático, con casitas de conchas, farolillos flotantes y criaturas sonrientes. En el centro, una torre hecha de coral verde recordaba a la Giralda, pero ésta tenía un caracol en lugar de campanas.

     Un pez plateado con chorreras como el de un guitarrista flamenco, se le acercó.

     - Bienvenida, Adara - dijo con voz burbujeante y simpática -. Somos los Guardacompases, protectores del agua de Sevilla. Nosotros cuidamos la isla...y tú nos salvaste la otra vez hablando con el mar.

     Adara abrió los ojos como platos.

     - ¿De verdad? ¡Yo solo pedí con cariño!

     - Y eso pequeña es lo más poderoso que existe - respondió el pez levantando una aleta -. El amor mantiene en equilibrio nuestra isla.

     El pez le mostró un jardín submarino lleno de flores de azahar que flotaban sin marchitarse.

     - Estas flores guardan la armonía - dijo -. Pero necesitan que alguien de la tierra venga de vez en cuando a recordarles las risas, las canciones y las fiestas de arriba. Si se olvidan de la alegría...el agua podría ponerse triste otra vez.

     Adara puso su mano en su corazón.

     - Prometo venir y traer historias, canciones y sonrisas.

     El pez asintió con solemnidad... aunque una burbujita escapó de su boca y sonó como una carcajada.

     Adara volvió a cerrar los ojos y cuando los abrió estaba de nuevo en la superficie, ya anochecía, las luces de Triana brillaban doradas y la Giralda, a lo lejos, parecía guiñarle un ojo.

     Desde aquel día, Adara llevó siempre un frasquito con agua del mar y una flor de azahar en el bolsillo. A veces bajaba al reino secreto, y otras simplemente cantaba desde la orilla, sabiendo que sus amigos bajo el agua la escuchaban.

     Y así, la isla de Sevilla siguió siendo un lugar único: donde el mar y la ciudad se cuidaban mutuamente, donde las olas tenían compás, y donde una niña aprendió que hasta lo invisible necesita cariño.

     Porque en Sevilla - sobre tierra o bajo el agua - la magia siempre encuentra quien la escuche.

     La primavera llegó a la isla de Sevilla con su perfume de azahar y sus calles llenas de farolillos. Era la semana más esperada: la feria.

     Adara estaba emocionadísima. Tenía su traje lleno de volantes verdes, peinetas pequeñas como estrellas y flores en el pelo que olían a mañana dulce. Esa tarde, iba hacia el real cuando algo la llamó desde el río: chap, chap, chap, como palmas hechas por gotas.

     Se acercó a la orilla y vio una flor de azahar flotando, moviéndose como si bailara. Adara sonrió.

     - Mis amigos - susurró.

     Se inclinó y tocó el agua, y enseguida sintió el mismo brillo mágico que una vez la llevó a Triana. En un parpadeo, apareció otra vez el túnel cristalino que bajaba al reino escondido.

     - ¡Vamos allá! - dijo Adara, agarrando bien su volante para que no se enredara.

     Cuando llegó al fondo...¡no podía creerlo!

     Todo el reino submarino estaba decorado como la Feria de Sevilla, pero en versión marina.

     Farolillos que eran medusas sonrientes.

     Banderines hechos con algas brillantes.

     Caracoles tocando guitarras diminutas.

     Peces con lunares nadando en círculos como si zapatearan.

     Y en el centro, una gran caseta de coral que decía:

     ¨Caseta del compás marino¨

     Un pez con bigotes la recibió elegantemente.

     - ¡Adara! - Sabíamos que hoy habría alegría en la superficie, y queríamos celebrarla contigo. Pero nos faltaba algo...o alguien.

     - ¡Pues ya estoy aquí! -

     Comenzó la música, suave como una ola y alegre como unas palmas. Adara enseñó a los peces unos pasos por sevillanas, aunque algunos daba la vuelta demasiado rápido y acababan haciendo burbujas con las risas.

     De pronto, escucharon un BOOOM lejano. Adara se asustó...pero el pez sonrió, llegándole el bigote casi a las orejas.

     - No temas. Son los fuegos artificiales de arriba.

     Pero entonces el mar se iluminó con colores: rojos, dorados y azules, que bajaban como lluvia de luz entre las aguas. Los peces miraban maravillados, y el reino submarino se llenó de reflejos que parecían luceros bailando.

     - La Feria no solo se vive - dijo el pez -. También se comparte.

     Adara sintió un calorcito en el pecho. Estaba en dos ferias a la vez: una sobre la tierra y otra bajo el agua. Y en ambas, el compás era el mismo: corazones contentos.

     Cuando fue la hora de volver, Adara prometió que regresaría a enseñarles una sevillana nueva cada año.

     Y esa noche, mientras subía a la barca y las luces del real brillaban como luciérnagas en fiesta, Adara comprendió algo:

     La magia más bonita es la que une mundos distintos sin que ninguno pierda lo que lo hace especial.

     Y así, la isla de Sevilla celebró su Feria en dos planos: bajo las estrellas y bajo el agua, con palmas y burbujas, con guitarras y caracoles, y con una niña que sabía que la alegría puede viajar tan lejos como uno quiera.

     

     Una mañana muy temprano, cuando el cielo tenía el color de la leche con canela y las campanas de la Giralda despertaban despacito, Adara sintió algo distinto en el aire.

     Desde su ventana, vio una niebla espesa cubriendo el mar, tan densa que parecía algodón dulce gigante flotando sobre el agua. El mar estaba silencioso, demasiado silencioso. Ni un pájaro, ni una barquita, ni siquiera el chapoteo habitual de los peces mágicos.

     Entonces lo escuchó.

     Un campanazo profundo, metálico, como salido de otro tiempo.

     -¿Qué ha sido eso?- susurró Adara.

     Corrió hacia la orilla y allí lo vio asomando desde la niebla: un barco antiguo, de madera oscura y velas blancas, con faroles encendidos que parecían luciérnagas atrapadas. En la proa había tallado un símbolo que Adara reconoció: un pez sosteniendo una flor de azahar.

     - Es una señal del reino marino - pensó, con el corazón latiendo rápido.

     El barco se acercó lentamente y una cuerda se lanzó hacia el embarcadero. De pronto, una voz grave y amable habló desde la cubierta.

     -¿Hay una niña llamada Adara?

     Ella se quedó congelada. ¿Quién podía conocerla?

     Apareció en la cubierta una figura inesperada: un anciano marinero, con barba blanca y ojos verdes. Su chaqueta tenía botones con forma de caracol y llevaba un bastón con un pequeño farolillo de cristal.

     - Soy el Guardián de las Mareas - dijo -. El reino de abajo me envía. Adara, tú has protegido la magia de la isla, pero hoy...necesitamos tu ayuda.

     Adara tragó saliva.

     - ¿Qué está pasando?

     El marinero señaló el agua. La niebla comenzó a moverse como si respirara, y una sombra se deslizó por debajo.

     - Una antigua corriente marina ha despertado - explicó -. Quiere llevarse la isla para esconderla en el océano, donde nadie pueda encontrarla jamás.

     Adara abrió los ojos como faroles.

     -¡No! Sevilla tiene que estar aquí. Con su gente, su música, sus flores.

     El Guardián sonrió.

     - Por eso te necesitamos. Eres puente entre tierra y agua. Tienes el compás del corazón y la voz que calma las mareas.

     Adara subió al barco. Su voz temblaba un poco, pero su mirada estaba firme como la Torre del Oro.

     El barco se alejó un poco. Bajo el agua, luces verdes se agitaban como si el mundo marino respirara nervioso.

     - Adara - dijo el anciano -. Cuando la corriente se levante, canta. Canta como si estuvieras en casa.

     Adara cerró los ojos. La corriente empezó a subir como una ola enorme hacha de niebla y brillo. Entonces, Adara respiró hondo y empezó a cantar.

    Cantó una sevillana suave, de esas que se cantan bajito cuando la tarde cae y el aire huele a azahar.

     La luz verde se calmó. La corriente se hizo transparente. Y la niebla...comenzó a deshacerse como si la brisa la acariciara.

     El mar volvió a brillar.

     El Guardián tocó su gorra y dijo:

     - Sevilla seguirá siendo isla mientras tenga voces que la quieran. Y tú, Adara, eres una farera del alma.

     Cuando Adara bajó del barco, éste se desvaneció en la luz de la mañana, dejando solo una flor de azahar flotando junto al embarcadero.

     La niña la guardó en su bolsillo sonriendo.

     Porque ahora sabía que no solo el mar escuchaba cuando ella hablaba con cariño...el mundo entero lo hacía.

     Desde su aventura con el Guardián de la Mareas, Adara no había dejado de pensar en todo lo que vivía entre la tierra y el agua.. Guardaba la flor de azahar seca en un cuaderno, como un tesoro que nadie debía encontrar.

     Pero un secreto tan grande a veces pesa...incluso cuando está lleno de magia.

     Una tarde, en el recreo del colegio, Adara tarareaba la sevillana que calmó a la corriente. La cantaba bajito, como quien susurra a una estrella, Leo, su mejor amigo, se acercó curioso.

     -Adara, ¿de dónde sale esa canción tan bonita? - preguntó.

     Ella sonrió, pero los ojos se le escaparon hacia el mar.

     - Es... difícil de explicar.

     Leo entrecerró los ojos. Él era de esos niños que ven lo invisible sin que nadie les enseñe.

     - Yo sé que tú sabes cosas - dijo muy serio -. A veces te vi mirando el agua como si te hablara.

     Leo, si te lo cuento, tienes que prometer que no dirás nada a nadie. Ni siquiera a los peces del barrio - dijo bajito. intentando hacer humor para esconder su nerviosismo.

     Leo levantó la mano como si jurara a un juez de chocolate.

     - Palabra de amigo.

     Adara respiró hondo. Y empezó a contar. El Reino de Triana, el pez guitarrista, las medusas, los farolillos, la Feria submarina, el barco de la niebla...todo. Leo escuchaba con los ojos tan abiertos que parecían dos faroles al atardecer.

     Cuando Adara terminó, él no se rio, Ni dudó.

     Solo dijo: yo quiero ayudar a cuidar la isla también.

     Algo salpicó a sus pies. Una burbuja grande salió del mar y, al explotar, dejó en la orilla una pequeña concha blanca.

     Adara la recogió. En el interior estaba grabado, finísimo como seda mojada: 

     ¨La magia crece cuando se comparte con verdad¨

     Adara y Leo se miraron, y en ese instante, supieron que el reino submarino los había escuchado.

     - Entonces - dijo Adara sonriendo -, desde hoy somos dos faros para la isla.

     Leo asintió, con la concha en las manos brillando como una promesa.

     Ese día, sin ruido y sin trompetas, la magia de la isla de Sevilla se hizo un poquito más grande. Porque los secretos que nacen del corazón no se rompen al compartirse...se multiplican.

     Y ahora la isla tenía dos guardianes pequeños y valientes.

     La Giralda parecía guiñarles desde lejos.

     El mar, suave como un abrazo, murmuró una melodía. 

     Y bajo el agua, quizás, algún pez dijo orgulloso:

     - Así empieza una gran historia.

     Desde que Leo sabía la verdad, Adara se sentía más ligera, como si una brisa nueva le soplara el corazón. Ahora compartían secretos, canciones bajitas junto al mar y miradas cómplices cada vez que una ola brillaba más de lo normal.

     Una tarde, después del colegio, se reunieron en el embarcadero donde comenzó todo. El sol pintaba Triana de oro viejo y el agua parecía un espejo ondeado.

     - Hoy siento algo distinto - dijo Adara, tocándose un bolsillo donde guardaba la flor seca.

     - Yo también - contestó Leo -. El mar está...esperando.

     Justo entonces, una caracola flotó hasta sus pies. No era una caracola cualquiera: era dorada, con dibujitos diminutos que parecían olas y torres. Adara la tomó, y al hacerlo, la caracola vibró suave, como si contuviera un suspiro del agua.

     De repente, se abrió sola, como una almeja mostrándose, y de dentro salió un pergamino enrollado, muy antiguo, casi transparente.

     Adara lo desenrolló despacito.

     Leo contuvo la respiración.

     Era un mapa.

     Pero no un mapa normal.

     Era Sevilla antes de ser isla.

     Calles que ahora estaban bajo el agua, plazas desaparecidas, una muralla que parecía flotar entre ola y cielo, y un nombre escrito en letras curvas: 

     Híspalis marina.

     - Híspalis... - susurró Leo -. Como la antigua Sevilla romana.

     Pero había algo más.

     En un rincón del mapa, una pequeña pintura mostraba dos torres. la Giralda...y la torre de coral del reino submarino, unidas por un hilo de luz.

     Debajo, un mensaje brillaba con tinta plateada:

     La isla fue tierra.

     La isla fue agua.

     Y pronto, ambas pedirán volver a encontrarse.

     Adara sintió un escalofrío y emoción al mismo tiempo, como cuando empieza una sevillana y todavía no sabes si la vas a bailar bien o te va a temblar todo.

     -¿Crees que esto significa...que la isla podría dejar de ser isla? - preguntó Leo.

     En lugar de responder, el mar habló por ellos: una ola subió, suave pero firme, y tocó el borde del mapa. El pergamino brilló y se dibujó un nuevo trazo: una línea que avanzaba hacia el futuro, sin nombre aún, como una invitación.

     Adara apretó la mano de Leo.

     - Esto no es una advertencia - dijo, sintiendo el corazón decidido -. Es una misión.

     Leo sonrió, nervioso y emocionado.

     - Tendremos que aprenderlo todo. Del agua y de la tierra.

     Adara guardó el mapa en su mochila, con mucho cuidado.

     - Y cuando llegue el momento estaremos listos.

     El mar hizo una pequeña ola como un aplauso.

     La luz del atardecer convirtió las aguas en cobre y miel.

     Y, en las profundidades, una campanita de coral sonó, suave, anunciando que el destino de la isla de Sevilla acababa de cambiar.

     Dos niños, dos mundos y un mapa misterioso.  

     Sevilla había cambiado: las luces del metro cruzaban bajo el antiguo cauce del río, los turistas llenaban la Plaza de España con cámaras que brillaban como luciérnagas, y el canto de las guitarras se mezclaba con el murmullo eléctrico de los teléfonos.

     Pero bajo la piel moderna de la ciudad, el agua seguía soñando. el desaparecido Guadalquivir aún latía silencioso, como un anciano que observa sin hablar, esperando el momento de ser escuchado otra vez. Y fue en ese momento donde se escucharon las distorsiones.

     Una tarde, los barqueros de Triana vieron un reflejo imposible: en el agua no se veía la ciudad real, sino otra Sevilla, más antigua, dorada y cubierta de niebla.

     Una Giralda de piedra viva, un Alcázar rodeado de nenúfares, y torres que no existen en el mundo de los hombres.

     Los reflejos duraban solo segundos, pero pronto se hicieron cotidianos.

     Los científicos hablaron de "anomalías ópticas atmosféricas".

     Los ancianos, sin embargo, lo llamaron por su verdadero nombre.

     El Despertar del Reino de Entre Dos Aguas.

    

    


          


     Continuará

     


martes, 16 de diciembre de 2025

                               
                       Luna creciente




1ª.- 

                    El campo está diferente, hay silencio en el corral

                  hay silencio en el corral

                  el campo está diferente, hay silencio en el corral  (bis)

                  hay silencio en el corral

                  el toro miró a la luna, como queriendo llorar  (bis)


                 Hoy es mi última noche y me vengo a despedir,
 
                  mañana muero en la plaza, moriré pensando en ti.






2ª.-

                    Mi padre me dijo un día: tú no eres semental

                  tú no eres semental

                  mi padre me dijo un día: tú no eres semental  (bis)

                  tú no eres semental

                  tú eres un toro de raza y naciste pa luchar  (bis)


                  Mañana, lucharé bravo hasta que suene el clarín,

                  hasta que sienta el acero, dentro, muy dentro de mí.




3ª.-

                  No crezcas, quédate quieta; quiero recordarte así,

                  quiero recordarte así.

                  no crezcas, quédate quieta; quiero recordarte así,  (bis)

                  quiero recordarte así,

                  hasta que quede dormido en ese sueño sin fin  (bis)


                  Hoy, es mi última noche y vengo a decirte adiós,

                  estoy sentenciado a muerte; no veré tu resplandor.




4ª.-  

                  La luna bailó en el agua con sus astas de marfil,

                  con sus astas de marfil,

                  la luna bailó en el agua con sus astas de marfil  (bis)

                  con sus astas de marfil,

                  y le dijo: novio mío, yo también pensaré en ti  (bis)

            
                  Adiós mi novia querida, sigue brillando por mí,

                  mañana comeré estrellas pastando por tu jardín.

                    ¡Vámonos pa la feria!


1ª.-     Yo quiero bailar contigo, mi alma, por sevillanas, 

           por sevillanas

           yo quiero bailar contigo, mi alma, por sevillanas

           y verte mover los brazos con ese traje de grana,

           por sevillanas

           bien vestía de flamenca con ese traje de grana

           con pulseras y zarcillos con esa gracia gitana.


           El baile por sevillanas,

           ¡qué gracia da a la mujer!   (bis)

           y al hombre que tenga suerte de poder bailar, también.

           



2º.-     Caminito de la feria me paro en la plaza España,

           la plaza España

           caminito de la feria me paro en la plaza España,

           para ver a las mocitas bailando por sevillanas,

           por sevillanas,

           los novios haciendo el corro, cantando y tocando palmas,  (bis)


           Mira ahí va mi chiquilla.

           un sombrero y un clavel   (bis)

           va detrás de ella corriendo, yo no lo quiero saber.

           

           


3ª.-     Qué bonita está la feria, mi alma, por la mañana,

           por la mañana,

           qué bonita está la feria, mi alma, por la mañana,

           la gente ya se prepara pa bailar por sevillanas,

           por sevillanas,

           bajo un cielo tan brillante, de colores tan hermosos,

           ese olor a vino fino, ese caballo orgulloso.


           El baile por sevillanas, 

           más alegre no pue sé  (bis)

           solo puede compararse a tu risa de mujer.




4ª.-     Qué bonita está la feria, mi alma, también de noche,

           también de noche,

           farolillos encendidos, de colores un derroche  (bis)

           es un derroche,

           cantando por sevillanas se escuchan miles de voces  (bis)


           Agárrate de mi brazo.

           no te vayas a perder  (bis)

           vámonos pa la caseta, que ya va a empezá a llové.

miércoles, 15 de octubre de 2025

 La cama de los cuentos 3





     Espiga y Ortiga llegaron por fin a su casa, después de tener una aventura fantástica. 

     Sus padres las recibieron con gran alegría y se llevaron su rapapolvo correspondiente, aunque no fueron muy duros con ellas.
 
     Su hogar estaba en el corazón del bosque era el gran hormiguero Ámbar, al pie de un viejo roble. donde los tallos del trigo murmuraban secretos al viento. tan grande que parecía una ciudad subterránea

      Allí, miles de hormigas trabajaban con disciplina, unas cuidaban las larvas, otras eran exploradoras. Todas iban y venían organizadamente como si fuese un desfile militar, formando hileras y dejando un rastro que ellas mismas dejaban para poder volver. Iban cargadas de semillas y algunas migas de pan que algunas personas dejaban de sus excursiones campestres.

     Todas trabajaban menos Ortiga y Espiga que miraban el horizonte con ojos brillantes, les gustaba mirar las estrellas. Eran dos amigas diferentes: mientras todas seguían los mismos caminos, ellas soñaban con lo desconocido. Les gustaba la aventura, ya habían tenido alguna y se lo pasaron maravillosamente.

     Ortiga era atrevida y curiosa. Mientras que espiga era prudente y cuidadosa. Aún así, se querían como hermanas. Ortiga solía decir que espiga le enseñaba a pensar antes de actuar, y Espiga reconocía que gracias a Ortiga había vivido aventuras que jamás se habría atrevido a intentar sola.

     Echaban de menos no tener otra.

     Sus padres las habían regañado por ser tan osadas, por alejarse tanto del hogar. Pero no por ello se iban a desanimar y ya estaban pensando en tener otra aventura.

      Tendrían que buscar el momento propicio para esa escapada.

      Y no tardó mucho en ocurrir. 
     
     Cada mañana, cuando el sol encendía las hojas con su primer fulgor, ambas partían hacia la pradera.

     Aquella mañana de verano, el aire olía a flores recién abiertas y a pan recién horneado, un aroma que llegaba desde las casas humanas, no muy lejos del bosque. Las hormigas se dispersaron en busca de provisiones.

     Espiga trazaba líneas rectas, contaba granos, pesaba hojas. Ortiga , en cambio se distraía con el vuelo de una mariposa. Espiga le decía: - cada minuto perdido es un grano menos para el invierno. 

    El invierno aunque lejano, ya comenzaba a murmurar en el viento. Espiga avanzaba con paso constante, cargando un trozo de semilla que apenas podía sostener. Ortiga, detrás, silbaba  una melodía sin saber de dónde la había aprendido. 

     Ortiga estaba jugando con una ramita, y jugando, jugando, se encontraron entre la corteza de un tronco un papel arrugado. Mostraba un dibujo sencillo: una estrella, una flecha y un círculo junto a un rio.

     - ¡Es un mapa! - exclamó Espiga con las antenas temblando de la emoción.

     - Pero ese rio está muy lejos, dicen que está más allá de la montaña - 

     Ortiga la miró con cautela, aunque en el fondo sonreía. 

     - Entonces habrá habrá que partir lo antes posible, que ahora es otoño y si tardamos mucho nos cogerá el invierno y con él el frío y la nieve que sería lo peor, puesto que no nos orientaríamos bien y no encontraríamos el camino de vuelta.

     Volvieron al hormiguero, pensando en salir al día siguiente puesto que ya era tarde y pronto anochecería.

     El comienzo del viaje.

     Partieron al amanecer.  El sol empezaba a vislumbrarse a través de los árboles. El bosque estaba cubierto de rocío y cada gota brillaba como un diamante. 

     Estaban radiantes de felicidad de poder tener otra nueva aventura.

     Pasaron junto a flores, raíces y piedras, saludando a los insectos amigos. 
     -¡Buenos días Zuri!- saludó Espiga a una abeja que recolectaba polen.

     -¿Adónde vais tan temprano?-  zumbó Zuri.

     -Tenemos un mapa y vamos a ir a ver qué encontramos-  dijo Ortiga.

     La abeja frunció las alas.

     -Tened cuidado que el bosque guarda muchos secretos ocultos-

     Espiga sonrió sin miedo y Ortiga tragó saliva. 

     Siguieron caminando y se toparon con un gran tronco caído. Para ellas era un obstáculo, pero no obstante no se arrugaron ante tal impedimento, era una de las muchas dificultades que se encontrarían en el viaje.

     El tronco estaba algo resbaladizo por culpa del rocío caído. 

     Empezaron a subir y a cuando llevaban la mitad del recorrido, se resbalaron y volvieron a tierra. Entonces Espiga tuvo una idea: 

     -¡Voy a subirme encima tuya y así podré llegar arriba!-
      
     Cuando llegó le dijo Espiga a Ortiga:

     -¡Agárrate a una de mis patas y así subirás!-

     Después de cruzar el tronco caído, el aire se volvió más húmedo y frío.

     Todo parecía más grande: las hojas eran como montañas y las sombras parecían moverse.

     Ortiga se alejaba demasiado, se desviaba de la dirección que tenía que tomar, se detuvo observando el vuelo de una mariposa. 

     - Apresúrate - le dijo Espiga - Si llueve antes de que volvamos, el sendero se borrará y no encontraremos el camino.

     - Un momento - respondió Ortiga - ¡Mira, algo brilla entre esas raíces!

     Espiga gira la cabeza, pero no vio más que la sombra del bosque.

     - Nada que brilla sin razón trae buen destino - murmuró.

     - ¡Ven ortiga!
     
     Pero ella ya se había alejado.

     El brillo provenía de una gota de miel derramada de un panal que los pájaros habían roto al picotear. Era tan grande y dorada que reflejaba el cielo entero en su superficie. Ortiga fascinada se acercó. La miel tenía el aroma del sol, y su dulzura parecía prometerle algo más que alimento: una aventura, quizás un secreto.

     Sin pensarlo, posó una pata sobre la gota.  

     El suelo cedió bajo ella, y en un instante, quedó atrapada. Cuanto más se movía, más se hundía, hasta que su propio reflejo, distorsionado en el ámbar líquido, le devolvió la mirada temerosa.

     Espiga, al notar su ausencia, dejó su carga y retrocedió por el sendero. Lo encontró luchando, cubierta de miel hasta las antenas. Sin decir palabra, comenzó a trabajar. Cortó hojas secas, trajo ramitas, y con paciencia infinita fue rescatándola del dulce pantano.

     -¿Por qué corres hacia lo incierto?, Ortiga? - le preguntó, mientras limpiaba sus patas pegajosas. 

     Ella bajó la cabeza.

     -Porque el mundo es tan grande...y yo tan pequeña. Quiero conocerlo todo antes de que la lluvia borre los caminos.

     Espiga sonrió con una ternura cansada.

     - El mundo no se conoce corriendo tras los brillos, sino observando con calma lo que ya está ante tus ojos.

     De repente, oyeron fuerte:

     -!Crac-crac-crac¡-

     Entre los matorrales apareció un enorme escarabajo rinoceronte. Su cuerno brillaba como el metal.

    -¿Quién anda ahí?- tronó el escarabajo.

     -Somos del hormiguero Ámbar. Solo estamos explorando- dijo Espiga con voz firme.

     -Nadie pasa sin ofrecer algo al guardián del paso- gruño el escarabajo.

     Ortiga tembló, pero Espiga pensó rápido. Sacó una gotita de miel que le quitó a Ortiga mientras la limpiaba.

     - Esto es para ti, guardián. Dulce y brillante como tu cuerno.

     El escarabajo olfateó la miel, la probó y, satisfecho, movió su cuerno.

     - Podéis pasar. Pero recuerden: el bosque observa a los que toman más de lo que dan.

     Y así, siguieron su camino.

     A las tres horas de marcha, el bosque se abrió en un claro. Vieron la mitad de una gran bellota rota con un hueco, ahí se metieron para pasar la noche.
     
     Estaban muy cansadas y ya empezaba a anochecer. Perdieron mucho tiempo en cruzar el tronco caído. Y también con los encuentros que tuvieron con Zuri y el escarabajo, hicieron que se retrasara y por consiguiente frenaron el viaje.

     Se despertaron porque cerca de ellas, un colibrí revoloteaba moviendo sus alas como un helicóptero, tan fuerte las movían que el viento que producían arrastró la cáscara de la bellota y con ella a nuestras amigas, que tuvieron que sujetarse fuertemente a un tallo, riendo nerviosas entre el miedo y la emoción. 

     La hierba era como un bosque de torres verdes que se movían con el viento.

      Cada obstáculo las unía más, y cuanto más avanzaban, más descubrían que su valor era mayor de lo que jamás habían creído.

     Por fin, después de muchas dificultades y tropiezos llegaron a su destino.

     Al llegar al rio lo primero que vieron por casualidad fue la estrella. Pero no una estrella normal, de esas que se ven en el cielo por la noche. Era una hoja que tenía cinco puntas. y a su lado había unas piedrecitas que formaban una flecha indicando la otra orilla del rio.

     -¡Ya tenemos dos de los tres enigmas del dibujo que encontramos!- dijo Espiga. 

     La transportaron hasta el agua y se subieron en ella y remaron con unas ramitas. A mitad del camino se levantó un viento muy fuerte, el agua hizo un remolino, la hoja parecía que se iba a hundir, soltaron las ramitas y se agarraron una a la otra fuertemente, entonces el agua empezó a ir tan rápida que parecía que iban a caer por una cascada, entonces sucedió que la hoja tropezó con una pequeña roca que salía del agua y fueron catapultadas hasta alcanzar la otra orilla.

     Iban caminando, una vez que ya estaban otra vez en tierra firme, cuando a lo lejos vieron como un gran aro. 

     -¡El círculo! - dijo ortiga entusiasmada y nerviosa.

     Era un vaso de plástico que algún humano tiró.

     Exploraron el lugar y encontraron algunas migas de pan y...

     Ortiga alzó las antenas y olfateó el aire.

     -¿Hueles eso?- preguntó emocionada.  

     - Huele a dulce...- respondió Espiga -

   -¡El tesorooooooooooooooo!- gritaron las dos al mismo tiempo.

     Una montaña de azúcar blanco. Seguramente se le había caído a algún humano que estuvo por allí de merienda.

     Los granos brillaban como diamantes.

     Lamieron un poco, pasaron horas cortando pequeños trozos y luego comenzaron a cargar todo lo que pudieron en sus espaldas. Pero el sol ya estaba bajando, y el rio debía cruzarse otra vez antes de que anocheciera.

     -¡Con esto el hormiguero tendrá comida para todo el invierno!- Exclamo Ortiga.

     -Tenemos que decirles dónde está el tesoro, para que vengan - Dijo Espiga.

     Cruzaron el rio, esta vez sin dificultad alguna.

     Ortiga se volvió y miró por donde encontraron el tesoro. A lo lejos se veía bajo el sol, el brillo del azúcar. Cada paso requería equilibrio para no soltar la carga. Un viento fuerte soplaba desde el oeste levantando polvo.

     A lo lejos se escuchaban truenos.

     - Se avecina una tormenta - dijo Ortiga

     - Entonces debemos apresurarnos - respondió Espiga.

     De pronto, una gota cayó del cielo, enorme como una piedra líquida. Luego otra, y otra. En cuestión de minutos, el camino se convirtió en un campo de charcos.

     Las dos hormigas corrieron, esquivando corrientes de agua que podían arrastrarlas.

     Espiga resbaló y su trozo de azúcar cayó al barro.

    -¡No lo dejes!- gritó Ortiga intentando alcanzarla.

     -¡Déjalo!- respondió Espiga.

     Pero espiga volvió, empujó el grano junto a su amiga y, entre ambas, lograron subirlo a una piedra seca. 

     Cuando por fin consiguieron trepar a la piedra, estaban empapadas, exhaustas, pero felices porque no habían perdido esa carga.

     Siguieron el viaje, hablando y riéndose de lo que les había sucedido.
      
     Por el camino encontraron unas enormes huellas de zapatos, señal que el hombre estuvo por ahí. 

     De pronto vieron unas sombras de pájaros que pasaban volando.

     Esperaron escondidas bajo una hoja para no ser vistas. Cuando todo pareció tranquilo, Espiga susurró: 

     -¡Ahora!-

     Ambas corrieron tan rápido como pudieron, con la carga que llevaban no podían hacerlo tan ágil como de costumbre. 

     De pronto, una sombra gigantesca cayó sobre ellas. 

     Un zapato humano descendió como un meteorito. 

     Ortiga gritó:  

     -¡Nos van a aplastar!-

     Pero espiga la empujó hacia un pequeño hueco entre dos piedras, antes que las aplastara. Un trozo de polvo las cubrió. Esperaron allí, conteniendo la respiración, hasta que todo volvió a la calma.

     -¿Ves?- dijo espiga sonriendo -. Solo había que tener paciencia.

     Ortiga la miró con los ojos muy abiertos, pero no pudo evitar reírse.

     -Eres una loca, pero una loca valiente - le dijo.

     Tenemos que seguir - dijo Espiga preocupada - No podemos quedarnos aquí, iremos despacio y solo si el camino está despejado, iremos rápidas.

     - Tienes razón - respondió Ortiga -, pero mira todo lo que hemos conseguido.

     El regreso fue igual de peligroso, pero esta vez sabían cuándo esperar y cuándo correr. Se movieron con agilidad y silencio, ayudándose la una a la otra, hasta llegar al hormiguero justo antes de que cayera la noche.

     Cuando las demás hormigas vieron el azúcar, no podían creerlo.

     -¿De dónde lo habéis sacado?- preguntó la reina.

     - De un lugar peligroso - contestó Ortiga.

     Las dos amigas fueron felicitadas y desde ese día, la colonia entera aprendió una gran lección:

     El valor y la prudencia son más fuertes cuando caminan juntas.

     




                                                               Continuará...o no.

     

     

     
     
     

viernes, 9 de septiembre de 2022

                                                     


                      

                                                              A  B  U  E  L  O



Avuelo se escribe con uve.

Con uve de Vida.

De una vida de años de trabajo.


Avuelo se escribe con uve.

Con uve de Verdad.

La verdad en el amor a su familia.


Avuelo se escribe con uve.

Con uve de Viejo.

Y una mochila de sabiduría.


Avuelo se escribe con uve.

Con uve de Valor.

Por querer en lo que me queda de Vida,

Y con mi Verdad, ser un Viejo Valiente.




jueves, 5 de mayo de 2022

                                     

                                                 Camino del Rocío


          Camino del Rocío...la conocí, 

          detrás de una carreta, la vi venir.

          Y le ofrecí, mi jaca jerezana, y le ofrecí,

          Pa que ella se montara detrás de mí.



          Camino del Rocío...yo la invité,

          a una copa de vino de mi Jerez.

          Y yo bebí de la misma copita, y yo bebí,

          secretos inocentes, de ella aprendí.



          Camino del Rocío...le pregunté,

          de qué pueblo venía, yo de Jerez.

          Y la besé a la sombra de un pino, y la besé,

          sus labios sonrieron, me enamoré.



          Camino del Rocío...me enamoré,

          de los ojos morenos de esa mujer.

          Y allí recé, enfrente de la ermita, y allí recé,

          a la Blanca Paloma, por su querer.



martes, 19 de abril de 2022

 


PLEGARIA  AL  CRISTO  DEL  PERDÓN


Perdóname

Tú que tienes mi paz en tus manos, mi señor 

Perdóname

Tú que tienes el poder divino, mi señor

Perdóname

Haz que piense más en mis hermanos, mi señor

Perdóname,

Perdóname

Tantas cosas como yo te debo, mi señor

Perdóname

Tu perdón sería como un sueño, mi señor

Perdóname

Tantas veces que ya no te rezo, mi señor

Perdóname,

Perdóname.



Hoy, vengo aquí a verte

después de tanto tiempo,

hoy, vengo a decirte

que calles mi lamento,

hoy, vengo a pedirte que cures mi tormento,

Tú que sabes lo que yo he pasado

y lo que llevo dentro de mi ser.

¿Quién soy yo para sentir rencor

y no cambiar el odio por amor?



Al Cristo del Perdón

venimos a adorarle

todos con devoción

venimos a rogarle

Al Cristo del Perdón

venimos a cantarle,

todos una oración

venimos a rezarle.



Perdóname

Tú que tienes mi paz en tus manos, mi señor 

Perdóname

Tú que tienes el poder divino, mi señor

Perdóname

Haz que piense más en mis hermanos, mi señor

Perdóname,

Perdóname

Tantas cosas como yo te debo, mi señor

Perdóname

Tu perdón sería como un sueño, mi señor

Perdóname

Tantas veces que ya no te rezo, mi señor

Perdóname,

Perdóname.




  A     P A S O     L E N T O     D E     H E R M A N D A D

 

 

Ya están, tó las carrozas prepará

Con tó las cositas montá,

Por la mañana mu temprano.

 

Ya van, a paso lento de hermandad,

Con las carretas adorná,

Por esa cuesta del Rosario.

 

Y llegarán, con los bueyes cruzando viejos senderos,

Y dormirán, entre aroma de los pinos y del romero,

Despertarán, mu tempranito con el tambor rociero.

 

Salve Madre de Dios,

Salve reina del Cielo,

Salve Diosa de Amor,

Salve y salva a tus siervos.

 

Ya están, las hermandades toas pará,

Frente a esa ermita de la Paz,

Palacio de buena Pastora.

 

Ya van, las puertas a abrí de par en pá,

Pa que salga de su posá,

Esa blanquísima Paloma.

 

Y gritarán, con un núo en la garganta un alarío,

Y correrán, a agarrá esos varales enfrenecíos,

Y cantarán, una salve junto a tó los almonteños.


Salve Madre de Dios,

Salve reina del Cielo,

Salve Diosa de Amor,

Salve y salva a tus siervos.

 

 


                              Luna Creciente.




El campo está diferente, hay silencio en el corral.

El toro miró a la luna, como queriendo llorar.

Hoy me siento triste y me vengo a despedir,

mañana muero en la plaza, moriré pensando en ti.




Mi padre me dijo un día:¡Tú no eres semental,

tú eres un toro de raza, y naciste para luchar!

Mañana lucharé bravo desde que suene el clarín,

hasta que sienta el acero, dentro...muy dentro de mí.




No crezcas; quédate quieta, quiero recordarte así,

hasta que quede dormido en ese sueño sin fin.

Hoy me siento triste, y vengo a decirte adiós,

mañana muero en la plaza, no veré tu resplandor.




La luna bailó en el agua con sus astas de marfil,

y le dijo:¡novio mío, yo también pensaré en ti!

Adiós mi novia querida, sigue brillando por mí, 

mañana comeré estrellas pastando por tu jardín.



domingo, 27 de mayo de 2018

Los viajes de Paulo




                                                       Viaje a la Luna







     Había una vez un niño llamado Paulo que de mayor quería ser astrónomo. Todas las noches antes de dormir, se asomaba a la ventana para ver la luna. Se hizo con el rollo del papel higiénico un telescopio con el cual podía verla. 
          
     Una noche vio que le sonreía, hasta llegó a ver cómo la luna le guiñaba un ojo como queriéndole decir: ¡Ven, ven!. 
          
     El niño quedó totalmente asombrado, no podía creer lo que estaba viendo.
          
     Entonces observó que la bicicleta que tenía al lado se movía sola. Se montó en ella y entonces ocurrió...
          
     La ventana estaba abierta y salió volando. Él quería guiarla hacia abajo, hacia tierra firme, pero la bicicleta cada vez cogía más altura, y más, y más...
         
     Y tan alto subió, que llegó a la luna.
          
     Alunizó en lo alto de un cráter del cual salieron dos seres muy extraños, pues tenían cuatro orejas, dos narices y tres ojos cada uno. Estaban parados y flotaban, ninguno de los dos ponían los pies en el suelo.
          
     Al pronto se asustó mucho, pero Mycho y Flavius  lo tranquilizaron hablándole dulcemente. Paulo al principio no entendía nada, poniendo una cara de asombro y de ignorancia. Era un idioma muy raro.
          
     Ellos al darse cuenta de que no se estaba enterando de lo que decían, decidieron traducirlo, al mismo tiempo que hablaban salían de sus orejas una serie de números y letras.
          
     - H0l4,  n0  73n645  m13d0,  n0  73  h4r3m05  d4ñ0 -

     Paulo se quedó con la boca cuadrada, pues ahora sí se estaba enterando de lo que decían, aunque no muy bien.

     - ¿D3  d0nd3   v13n35?  ¿C0m0  73  ll4m45? - preguntaron.

     - V3n60  d3  l4  T13rr4  y  m3  ll4m0  P4ul0 -  ¡Ups!... 

     Se dio cuenta que a él también le salían de las orejas esos números y letras. Pensó que era así como podía comunicarse con ellos.

     - V3n  c0n  n0507r05,  73  3n53ñ4r3m05  nu357r0  h064r.  P3r0  4n735  d3b35  p0n3r73  35705  z4p4705  p4r4  n0  p154r   3l  5u3l0  y   n0  d3j4r  hu3ll45.

     Paulo se puso esos zapatos tan raros y vio que su cuerpo se elevaba unos centímetros del suelo y se fue con ellos. Pensó que así tendría una aventura para luego contar a sus amigos.

     A través de muchos túneles, puentes y caminos estrechos, llegaron a una explanada donde se hallaba una gran ciudad. Ellos la llamaban Selene. Sus habitantes son los selenitas.

     Antes de llegar le preguntaron:

     - ¿Y  7ú,  c0m0  h45  ll364d0  h4574  4qu1?

     ¡ 4nd4,  l4  b1c1cl374 !   51n  3ll4  n0  p0dr3  v0lv3r  4  c454

     - N0  73  pr30cup35,  m4nd4r3m05  4  r3c063rl4.

     Todo lo que veía flotaba, la gente, los edificios, el transporte. Estaba maravillado de ver tantas cosas distintas a las de la Tierra. Sus amigos no se iban a creer nada cuando les contase todo aquello. Les preguntó el porqué todo estaba en el aire y nada tocaba el suelo. Dijeron que si algo tocaba el suelo permanecería la huella para siempre.

     ¡ Cl4r0,  p0r  350  h4y  74n705  46uj4r05  3n  l4  lun4 !

     - 51, l05  cr473r35  30n  1mp4c705  d3  m3730r1705.

     ¡Claro! - pensaba Paulo. Con razón la luna desde la Tierra parece un queso de gruyere. 

     Lo llevaron hasta un observatorio donde ellos podían ver la Tierra desde un potente telescopio. Paulo se puso a mirar y vio la Tierra tan cerca como si estuviera en un helicóptero. 

     ¡¡ 0h ,  v30  m1  c454 !!

     Mycho y Flavius se miraron y sonrieron. 

     Bu3n0 ,  4qu1  713n35  7u  b1c1cl374 ,  pu3d35  1r73  cu4nd0  qu13r45.

     Paulo cogió su bicicleta y se despidió de ellos prometiendo que iría a visitarlos otra vez. Al montarse, su bici empezó a tomar altura, cada vez más y más rumbo a la Tierra.

     La bicicleta parecía que conocía bien el camino, pues casi sin guiar se coló por la ventana de su dormitorio. 

     Como estaba muy cansado, se acostó en su cama y pronto se quedó dormido, estaba agotado. 

     Cuando su mamá lo llamó para que se levantara para ir al colegio, le dijo que había tenido una aventura muy hermosa. Que había ido a la Luna.

     Su madre le dijo que podía haber tenido un sueño.

     Entonces miró que el rollo de papel higiénico estaba en el suelo y la bicicleta en un rincón. 

     Se subió a la bici y vio que no volaba. Pensó que quizás su madre llevara razón, que había sido todo una fantasía, una ilusión.

     Pero, ahora no estaba la luna. ¿Y si...?

     Por la noche volvería a intentarlo.

          








                                                  Viaje al Sol






     Había sido un día muy ajetreado; de mucho trabajo en el colegio y de las actividades que tuvo por la tarde, así que cuando cayó en la cama con la ilusión de que tal vez pudiera volver a ir a la Luna...

     Sintió una ligera brisa que entraba por la ventana y se escuchaba de cerca un pequeño ruido que no paraba.

     Se levantó, encendió la luz y vio en un rincón dos globos, los cuales al darles el aire se entrechocaban entre ellos y hacían ese sonido extraño. Cada uno de ellos tenía un hilo que al final terminaba en una argolla. En el momento que los cogió se reanimaron y fue como si cobrasen vida propia. Y de nuevo se vio volando por la ventana. 

     Esta vez no llevaba la bicicleta mágica, pero llevaba unos globos que hacían el mismo trabajo. 

     Iba subiendo y subiendo...llegó un momento que ya la Tierra ni se veía. Seguía subiendo... a una velocidad extraordinaria. Tal fue la tremenda aceleración que al pronto descubrió que se estaba acercando de nuevo a la Luna. Como quería descansar del viaje tan veloz, quiso reposar en ella, pero no sabía cómo frenar los globos que llevaban una rapidez endiablada. 

     Tenía que pinchar de alguna forma uno de ellos para reducir y poderse detener.

     Entonces se acordó que en la cena su madre le puso pescado y se le quedó una espina entre los dientes, que no pudo quitársela cuando se los lavó antes de ir a la cama. Soltó una mano de las anillas en las que iba sujetado y fue a la caza y captura de aquella espina, rebuscando hasta que la encontró. 

     Alcanzó a pinchar uno de los globos y al momento notó que ya no subía sino que empezaba a bajar poco a poco, hasta que de pronto notó que sus pies pisaban algo. Pero también se dio cuenta que no era la Luna donde se posaba porque iba a una velocidad astronómica.

     ¡Era un asteroide! 

     Intentó agarrarse donde pudo, al hacerlo se le escapó el globo que le quedaba y quiso ir tras él, al hacerlo por poco se suelta de donde estaba. Volvió a colocar la mano que le quedó libre y lo hizo en un hueco distinto al de antes. Tocó algo en esa roca y sintió que algo se movía. Era una puerta secreta que se estaba abriendo. Si no entraba rápido en ella saldría despedido de nuevo al espacio. 

     ¡Y ya no tenía los globos!

     Así que empezó a balancearse y de un gran impulso entró en ella rodando por el suelo. De pronto la puerta se cerró y se encontró en un lugar muy oscuro.

     El asteroide no iba recto sino que daba unos giros tan rápidos que su cuerpo algunas veces estaba en el suelo y otras en la pared. Fue entonces que en una de las veces que tocó la pared, lo hizo en un sitio que de nuevo se abrió otra puerta al fondo. Tal fue la luz que entró que por un momento quedó ciego. 

     ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy sintiendo cada vez más calor?

     ¡¡Me estoy quemando!!

     Una voz muy potente se escuchó como si fuese un altavoz.

     No temas, no pasa nada...estás en el interior de un asteroide solar y nos estamos acercando al Sol. Entra en una de las habitaciones que tienes a los lados y allí encontrarás trajes protectores, pero hazlo rápido, no tenemos tiempo que perder.

     Fue arrastrándose por el suelo y otras arañando la pared intentando llegar a una de las habitaciones, cada vez sentía más calor, poco a poco notaba que su cuerpo empezaba a echar humo y que su ropa se chamuscaba. 

     Por fin logró alcanzarla cuando apenas le quedaba aire en los pulmones y estaba a punto de desmayarse. Al entrar en la habitación observó que había unas vitrinas con vestiduras especiales para proteger contra el fuego. Rápidamente se colocó uno de esos trajes y se puso el casco y los guantes. 

     Notaba como sus músculos iban creciendo de forma extraordinaria; a pasos agigantados. Su cuerpo se llenó de tal adrenalina que la reacción fue monumental. Podía moverse tan rápido que no era posible verlo a través del ojo humano. Veía imágenes pasar tan velozmente que casi no le daba tiempo a alimentarse de lo que realmente le estaba sucediendo.

     Salió de nuevo a la galería y se dio cuenta que ya no tenía el calor de antes, su ropa ya no abrasaba.

     El asteroide seguía su inevitable camino hacia el Sol.

     Miró a través de la pantalla del casco que le protegía de la radiación y pudo verlo como nunca lo había visto. Tan cerca...

     Casi podía tocarlo con las manos. 

     Entonces ocurrió...

     Sintió que sus pies estaban muy calientes. Quizás las botas no eran las adecuadas o tal vez no se las amarró bien.

     Cada vez se abrasaba más. El traje no lo estaba protegiendo como era su función; ardía...se estaba achicharrando.


     
     El Sol entraba por la ventana del dormitorio y le daba en los pies...

     Su mamá lo despertó, pero él hizo como si no la hubiese oído. Lo llamó de nuevo y poco a poco empezó a abrir los ojos restregándoselos  y refunfuñando.

     ¡Vamos, que tienes que ir al colegio! - le dijo su madre dándole un beso.

     Mami, déjame un ratito más - le contestó Paulo.

     ¡No, que vamos a llegar tarde! 









                          
                         Viaje al centro de la Tierra

     



     Su madre lo dejó en la puerta del colegio, iba como loco por contarle a sus amigos el nuevo sueño que había tenido. 

     Empezó a subir la escalera para llegar a su clase, pero...notó que en vez de subir, bajaba; no podía dejar de bajar, y lo peor era que los escalones que bajaba iban desapareciendo tras de él. Sus piernas no le respondían, era como si una fuerza superior le empujara a seguir bajando, y más...cada vez más, ya no tenía apenas fuerzas para seguir.

   
     De pronto se acabó la escalera; no había más peldaños. Se encontró delante de un patio muy grande en el que al fondo había como una especie de cubo gigantesco. Se encaminó hacia allí, le temblaban las piernas de tanto bajar escalones.


     Al llegar a la altura del cubo, éste se abrió...y al entrar vio otro cubo y que al entrar en este otro, le pasó lo mismo que en el primero. Así estuvo entrando en cubos que eran cada vez más pequeños, hasta que llegó a uno que ya no se abrió otro más dentro de él. Pero este no era como los otros; en una de las paredes había un reloj de arena que empezó a funcionar cuando él entró, un cuadro con dos colores y además dos extraños seres, eran dos damas vestidas una de rojo y otra de verde.

     - Tienes que hacernos a una de las dos sólo una pregunta, pero piensa antes de hacerla y rápido, porque cuando acabe de caer la arena del reloj, el cubo se cerrará y no podrás salir jamás de aquí. 


     - Una de nosotras miente. - dijeron las dos a la vez .


     - Como ves ahí tienes un cuadro, debes pulsar un color para que se pueda abrir la puerta definitiva. 

     Una de ellas decía la mentira y la otra la verdad, pero...¿cómo saberlo?


    ¿Qué color elegir? ¿El verde o el rojo? 


     ¿Acaso era un reto? ¿Había que hacerle una pregunta a una de ellas? ¿Y qué podría preguntarle? ¿Había una contraseña para abrir esa puerta? ¿Y si no la abría qué le ocurriría? 

     
      Todas estas preguntas rondaban por la cabeza de Paulo.

     Mientras tanto el reloj de arena seguía su curso y no le quedaba mucho tiempo. Algo tenía que hacer. 


     Tenía dos opciones, pero no podía arriesgarse, debía saber antes de pulsar cual era la la pregunta correcta.

     ¿El rojo o el verde? ¿El verde o el rojo?

       Entonces fue de pronto cuando se le encendió la bombilla en el cerebro y decidió hacerle una pregunta a la dama verde.


      - A ver dama verde, ¿si le preguntara a la dama roja qué botón debo pulsar para que se abra la puerta...cual me diría?


     - Pues te diría el rojo.

      - Entonces ya sé cual debo pulsar...¡¡ El verde !!

     - ¿Y por qué lo sabes?

      - Pues si tú fueses la que dice la verdad, diría que ella al decir el rojo me estaría mintiendo, así que pulsaría el botón contrario; el verde.


     - Si por el contrario fueses tú la que dice la mentira, dirías que ella me señalaría el botón rojo; me estarías mintiendo, con lo cual siempre sería el verde.

     Fue entonces como de esa manera supo qué botón debía pulsar.


     Así lo hizo y se abrió el cubo, dio unos pasos hacia delante y salió de él.

     De nuevo estaba fuera, pero era otro patio. Al fondo se veía una entrada como especie de cueva. Era lo único que había; debía dirigirse hacia allá. Al entrar vio otras dos entradas, dos huecos, dos cuevas. Se dirigió a una de ellas y entró. Al entrar de nuevo se encontró con cuatro entradas; cuatro cuevas y así estuvo largo rato hasta que llegó un momento que ya no sabía donde estaba. Lo que sí sabía era que estaba perdido dentro de un laberinto de cuevas.


     - ¡Qué cosas más raras me están pasando! - se dijo.

      - Primero, los cubos...ahora el laberinto.


      ¿Cómo iba a salir de allí, con tantas cuevas?


      Iba andando por una de ellas cuando de pronto empezó a moverse la tierra donde pisaba y se abrió, dejando ver una gran grieta. Menos mal que había unas cuerdas y se agarró a una de ellas justo cuando el suelo caía. 


      Las fuerzas le estaban fallando, no podía aguantar más. Se decía a sí mismo que tenía que aguantar, porque si no lo hacía caería. Echó un vistazo hacia abajo y se aterrorizó, vio como sus pies estaban colgando encima de... 


     ¡No puede ser!
     
     ¡Lavaaaaa!

      Sin saberlo estaba en lo alto de un volcán, y la lava comenzó a subir. 

      Pataleaba para ver si sus pies pisaba algo en la pared, pero no; estaba lisa. 


      La lava no dejaba de subir. 


      Estaba tambaleándose aferrado a la cuerda cuando sintió que alguien le subía.


     ¿Quién podía ser? - se preguntó, como asustado.


      Alguien le zarandeaba y no paraba de hacerlo...


     ¡Vamos Paulo, que ya es hora de que te levantes!

      ¡Era su madre, que lo despertaba del sueño!


     ¿Otro sueño cariño? - le dijo.

     Se restregó los ojos y miró a su madre sonriendo.

     ¡Vamos, arriba, que llegas tarde!... luego me lo cuentas.